Fundación Xavier Pousa

La pintura de Xavier Pousa

Las claves de la pintura de Xavier Pousa

Para poder entender la pintura de Xavier Pousa debemos tener en cuenta una serie de circunstancias que contribuyeron a forjar su estilo artístico. Su primer contacto con la pintura, los estudios de Bellas Artes en Madrid, la apuesta por las corrientes realistas y su implicación en el ambiente cultural gallego, marcan el camino de su obra en la que desde el comienzo apostó por la figuración con la firme intención de no perder el vínculo con la realidad, opción que se traduce en una obra humanizada y en constante dialogo con la naturaleza y con su entorno personal. Las primeras lecciones de la mano de Antonio Fernández dejan una huella imborrable en su manera de pintar, que asume con rapidez aquel naturalismo y devoción por la representación “verdadera”. Haber tenido un primer maestro excepcional, le proporciona una base sólida en la que apoya el inicio de su carrera artística y explica el dominio del dibujo y la seguridad con la que se enfrenta a cada nueva composición. En su obra de los años cuarenta está pues claramente presente la pintura de Antonio Fernández, por el que Pousa siempre sintió una gran admiración y a quien no cesó de homenajear durante toda su carrera artística. Es en clave de reconocimiento y admiración a su maestro como debemos interpretar ciertos guiños a la pintura de Antonio Fernández que se producen en etapas posteriores, sin pretender nunca imitar el estilo del maestro, sino adaptándolo al discurso de su obra personal.

En Madrid, a donde se traslada para estudiar Bellas Artes, conoce a Sotomayor durante sus visitas al Museo de Prado y el contacto con este pintor se refleja en obras como Carmiña o Rosquilleira (1951). Pero el hecho que más va a influir en su estilo es el impacto que le produce la pintura de la Escuela de Madrid; una pintura figurativa, no académica, que reinterpreta la realidad con la intención de trasmitir los elementos esenciales y huyendo de los tópicos. Estos artistas trataron los temas tradicionales, retratos, bodegones y paisajes, tomando como base los elementos constructivos del cubismo y el cromatismo fauve, bajo la influencia de Benjamín Palencia, centrada en el paisaje castellano, y las enseñanzas de Vázquez Díaz, defensor de las formas estructuradas y del dibujo riguroso. A partir de esta nueva visión, Pousa desarrolla el estilo que marcará su obra. Es entonces cuando comienza a abordar una pintura marcada por la sobriedad compositiva, despojada de elementos anecdóticos y centrada en describir la esencia del paisaje con la fuerza del color y las formas simplificadas y estructuradas. Esta acertada elección avalada con la pensión de paisaje de El Paular, en 1955, que le proporciona la oportunidad de investigar en la línea elegida durante esa estancia como pensionado en Segovia, afianza su compromiso con una pintura figurativa no académica, caracterizada por las transgresiones cromáticas y el sentido constructivo del dibujo. Durante los años cincuenta la mayor parte de su obra se centra casi exclusivamente en el paisaje, el urbano con sus construcciones estructuradas bajo el influjo poscubista, como Plaza de santo Domingo, y el rural donde emplea un colorido vivo y se afana por describir las huellas del hombre en el paisaje a través de los campos de cultivo o la compartimentación del espacio. De este modo transcribe el paisaje gallego con una visión nueva, alejada del costumbrismo y academicismo imperante, del mismo modo que los pintores de la Escuela de Madrid abordan el paisaje castellano. La estética de la Escuela de Madrid es pues una clave fundamental para entender e interpretar la obra de Xavier Pousa y, al igual que aquel grupo, no se ciñó exclusivamente a los paisajes, sino que también aborda retratos y bodegones que siguen los mismos principios. Cuadros como el Retrato de Clara o Flores de Eucalpito (1954) muestran su interés por centrarse en lo fundamental del tema a través de la intensidad del color y la sobriedad compositiva, marcando el punto de inflexión en su obra. Atrás quedan las composiciones más académicas y descriptivas para buscar cada vez más las líneas esenciales del tema. Según avanza su producción y afianza su estilo, se aleja del seguimiento fiel a las pautas de la Escuela de Madrid e, integrado en su tiempo, se interesa por las corrientes neofigurativas, que surgen en la década de los sesenta como reacción al informalismo, a su vez consecuencia del realismo mágico surgido entorno a la obra de Antonio López en el Madrid de los cincuenta y al realismo intimista de la Escuela sevillana, protagonizado por los objetos. El cambio afecta más a los bodegones y retratos que a los paisajes y comienza a manifestarse en algunos retratos a lápiz de los sesenta, pero no cuaja realmente en su producción hasta los setenta, cuando comienza a mostrarnos objetos de su entorno cotidiano y la relación que se establece entre éstos y el artista, con la intención de transmitir la intimidad de su entorno a través de aquellos enseres que forman parte de la vida del pintor. En definitiva se trata de enaltecer objetos comunes o intrascendentes, aquellos con los que mantiene una especial relación hasta tal punto que se da a conocer en ellos. Frutos, cestas con frutos, jarras y jarrones con flores o sin ellas son dignificados en el lienzo y presentados de un modo sencillo pero cargado de sentimiento. Esta transposición emocional es la que carga de contenido la obra y la que recibe el espectador. Esa línea intimista se acentúa con el paso del tiempo siendo más intensa en los ochenta y noventa, mientras mantiene en los paisajes las claves anteriormente citadas.

Pero sería falso interpretar la pintura de Pousa vinculada exclusivamente a movimientos o escuelas ajenas al arte gallego, del que nunca mostró la intención de desligarse. Por ello es esencial mencionar el conocimiento que Pousa posee de los pintores del movimiento renovador del arte gallego, protagonistas del arte de preguerra, y como todos los artistas que comienzan su carera en la posguerra, recure a ellos para establecer el vínculo de unión con la escuela gallega de pintura; tanto Colmeiro, como Souto o Frau dejan su huella en la obra de Pousa. Sin embargo no es este vínculo lo más destacado de su implicación en la pintura gallega, sino el compromiso que contrae con la incipiente vanguardia gallega a su regreso de Madrid. Siguiendo los rumbos del arte de los sesenta, caracterizado por la formación de grupos artísticos que utilizan el arte como medio de transmisión de ideas e instrumento para cambiar la sociedad, surgen, en el entonces precario escenario del arte gallego, grupos de carácter reivindicativo vinculados al realismo social, con los que Pousa se implica desde el primer momento. Así durante su estancia orensana se vincula al grupo “7 artistas Gallegos”, consecuencia del Volter, y en Vigo, asiduo de la tertulia del Eligio, funda con otros compañeros “A estampa popular galega” cuya finalidad era la democratización del arte y la innovación de un lenguaje plástico que hiciese resurgir una identidad gallega. Esta implicación artística explica obras expresionistas de los sesenta y los setenta, como Reo (1968), la serie de los monotipos y las composiciones centradas en el tema del carnaval. Éstas últimas también relacionadas con la obra de pintores como Luis García-Ochoa, circunscrito a la corriente expresionista de la Escuela de Madrid, y con la tradición de la pintura gallega, ya citada, de artistas como Laxeiro o Souto. En la misma línea de compromiso con el arte y la sociedad, fue uno de los promotores de las “Exposiciones al Aire Libre de la plaza de la Princesa” de Vigo, surgidas en 1968 y continuadas durante los años setenta para acercar el arte al publico sacándolo a la calle y que constituyeron el germen de “Atlántica”.

En conclusión podemos afirmar que, fiel a su principio de no romper el contacto con la realidad, supo adaptar en cada momento las diferentes vías del realismo a su discurso personal.

Beatriz de San Ildefonso Rodríguez
Conservadora del Museo de Pontevedra
 
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